El 32 por ciento de los jóvenes considera internet tan importante como el aire

El 32 por ciento de los jóvenes del mundo considera que internet es tan importante para su vida como el aire, el agua, la comida o la vivienda y más de la mitad cree que no podría vivir sin tener acceso a la red.

Así se desprende del informe “Cisco Connected World Technology Report”, que ha entrevistado a 2800 estudiantes universitarios y trabajadores menores de 30 años de Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Reino Unido, Francia, España, Alemania, Italia, Rusia, India, China, Japón y Australia.

La compañía asegura que, cada vez más, los hábitos sociales entre los jóvenes tienen más que ver con permanecer conectados y menos con la interacción cara a cara: “Los medios sociales están creciendo en influencia. En algunos casos resultan incluso más importante que los amigos y las citas”, indica el informe.

Los brasileños y los chinos son los que más equiparan la red a los recursos vitales – más del 60 por ciento de estudiantes y trabajadores lo hace-, mientras que los jóvenes franceses son los que más se alejan de esa consideración.

En cuanto a la importancia de internet, el 55 por ciento de los universitarios y el 62 por ciento de los trabajadores encuestados asegura que no podría vivir sin la red -los que más, los estudiantes chinos e italianos y los profesionales chinos y brasileños-.

Según Cisco, las comunicaciones en línea “están desafiando el contacto cara a cara como método principal de relación interpersonal”.

Y es que el 91 por ciento de los estudiantes y 88 por ciento de los jóvenes empleados encuestados tiene una cuenta de Facebook y de ellos, el 81 por ciento y el 73 por ciento, respectivamente, la revisan al menos una vez al día.

Además, el 40 por ciento de los universitarios valora más internet que tener una cita, salir con los amigos o escuchar música.

El 27 por ciento prefiere estar conectado en Facebook a realizar otras actividades.

Otra de las tendencias que destaca el estudio es que se diluyen las fronteras entre trabajo y vida privada: 7 de cada 10 trabajadores contacta con sus compañeros de trabajo o jefes en Facebook y Twitter, mientras que el resto prefiere salvaguardar su privacidad.

Hormonas ligadas a compras compulsivas: estudio

Diferentes investigaciones señalan que las mujeres adquieren cosas de forma inconsciente durante su período menstrual para impresionar a otras mujeres que consideran como rivales

La culpa es de las hormonas, podría ser un excelente argumento para ser usado el día en que el estado de cuenta de la tarjeta de crédito se desliza por debajo de la puerta provocando la discordia familiar: “No soy yo, fueron las hormonas”.

Habrá que estar preparado después para lo que venga. De todas formas, este planteamiento tiene sustento científico (alegar esto sólo echaría más leña al fuego), ya que diversos estudios impulsados por académicos de universidades en distintas partes del mundo y también por consultoras especializadas en consumo indican que existe una relación causal entre aquello que las mujeres compran y lo que les pasa a sus hormonas.

Sí, aunque suene a pretexto. “Las hormonas rigen los impulsos. Durante las distintas fases del período de la mujer, su cuerpo experimenta variantes emocionales, producto de los cambios hormonales. Antes de la ovulación, el cuerpo se prepara, está expectante.

Después, a causa del cambio hormonal, se produce una sensación de pérdida que hace que la mujer se sienta menos confortable, justamente, durante su menstruación”, explica el investigador del Conicet y profesor titular de Química Biológica de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, Juan Carlos Calvo, que acaba de presentar su libro “Qué porquería las hormonas, un intento por acercar el conocimiento científico a la sociedad”.

Por otra parte, investigadores de la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, señalan que las mujeres compran y usan ropa sexy los días del mes en los que estaban ovulando. Todo esto lo hacen en forma inconsciente y, según los investigadores, para competir o impresionar no a los hombres, sino a otras mujeres, a quienes en esos días consideran como rivales, según explicó Kristina Durante, impulsora de la investigación.

Este grupo de investigadores se propuso justamente averiguar cómo los factores hormonales influían en la decisión de compra de las mujeres. Los resultados fueron publicados por el Journal of Consumers Research.

No fueron los únicos dedicados a investigar si existía relación entre estas variables. También un grupo de psicólogos de la Universidad de Hertfordshire, en el Reino Unido, investigó el tema y trazó una relación entre un desajuste hormonal que se produce unos diez días antes de la menstruación y la compra a veces compulsiva de ropa u objetos cuya percepción cambia unos días más tarde.

Esto es, en esos días, según los investigadores británicos, las mujeres se sienten tentadas a comprar cosas que en muchas ocasiones no necesitan y que, al poco tiempo, cuando las hormonas se acomodan, dejarán de gustarles.

¿Cómo se llega a esa conclusión? El 65% de las 450 mujeres de entre 18 y 50 años entrevistadas reconoció que diez días antes de estar indispuestas compraron “objetos innecesarios” y que, para ello, habían destinado entre 40 y 400 dólares.

En total, en toda su vida, las mujeres pasan unos ocho años haciendo compras, según otro estudio del sitio web OnePoll. Los investigadores realizaron el cálculo sobre la base de vida de una mujer que a sus 63 años habrá gastado (diría un hombre) o invertido (diría ella) 25 mil 184 horas y 53 minutos (1049 días completos) de compras.

Pero no todo es para las mujeres. Estas dedican casi el mismo tiempo para comprar ropa que comida: hasta 100 horas al año destinan a renovar el armario contra 94 para mantener el refrigerador lleno. Otra de las actividades en la que más tiempo invierten es en mirar vidrieras. Hasta 51 veces al año se paran vidrio de por medio delante del objeto de deseo, actividad que les insume unas 49 horas al año.

Podría decirse que esta explicación de por qué el tema hormonal incide en la compra es un planteo demasiado machista, que las mujeres compran ropa porque aman la ropa y punto.

Esto también es cierto: según otro estudio, hecho por la empresa Unilever, para el 61% de las mujeres perder su prenda favorita es mucho más traumático que un mes de abstinencia sexual.

Es más: la mayoría de las mujeres dejaría de mantener relaciones sexuales durante 15 meses si, al finalizar ese período, se encontraran con un armario repleto de ropa nueva. Incluso, un 2% de las encuestadas asumiría sin problemas tres años de abstinencia si se encontraran con la misma recompensa.

Se descubrió que… Nuestros genes nos creen en la edad de la piedra

El debate acerca de si una conducta surge de la biología o del aprendizaje social es casi siempre un sinsentido: se entrecruzan. No porque lo aprendido pase a los genes, lo cual no ocurre, sino porque las conductas útiles son salvaguardadas. Eso nos ocurre a humanos o peces. No acabamos de aceptar la herida a nuestro orgullo que nos hace parte del reino animal, y no la mejor ni la corona.

Hay un famoso experimento que no podemos realizar en niños sin ir a la cárcel, pero sí en nuestros primos chimpancés de los que apenas nos separa un 2 por ciento de los genes. Los chimps y los niños tienen miedo a las víboras y a lo que se le parezca. Luego, es respuesta genética para salvarnos de un animal peligroso. No, no, dice la socióloga, es una conducta aprendida.

Va pues así: a un chimp bebé que no ha visto otro animal que su madre, se le separa de ella, luego se le presenta una serpiente no venenosa o una de hule. El chimp estira la mano para tocar eso y revisarlo. ¿Ya ven? No es genético. Esperen un poco: luego se le reúne con su madre y se vuelve a meter la víbora: la madre pega de gritos y saltos, se cuelga de la lámpara (en su defecto, de los barrotes de su jaula)… el bebé chimp la imita y salta a la espalda de su madre mirando con ojos desorbitados el animal rastrero. ¿Ya ven?: aprendió de su madre que hay peligro.

Luego se hace algo muy cruel con la madre: se le enseña a temer un objeto cualquiera, una pelota, digamos. Es fácil: cada que la pelota aparece, la chimp recibe descargas eléctricas en el piso de su jaula, conductismo vil. Una vez que está así condicionada, se incluye al bebé chimp, se les deja un rato de amorosos cariños y… aparece la pelota. La madre pega de alaridos, aterrorizada se cuelga de los barrotes, mira con pánico la pelota, aúlla… y su bebé chimp simplemente la mira con expresión de “Mi madre está muy pinche loca.” Y tiende la manita para coger la pelota y jugar.

Esto indica que aprendemos un temor para el que ya tenemos una antigua disposición que nos salvó de las víboras, no de las pelotas. Actuó la selección natural: los seres vivos que no tuvieron una posible respuesta innata sencillamente murieron al curiosear al animalito largo con un cascabel en la cola. Ese miedo todavía virtual, escondido en el genoma, produjo animales que sobrevivieron y transmitieron esa herencia genética.

Por eso la respuesta de la madre despierta el aviso en un caso y no lo hace en otro: sencillamente, porque ningún animal ha sobrevivido gracias al miedo por un objeto redondo.

Bien, investigadores del Instituto Salk en La Jolla acaban de publicar en Nature algo que se podría llamar “genética de la obesidad”. El equipo conducido por Marc Montminy afirma: “Como humanos, desarrollamos formas para lidiar con la hambruna, lo hacemos por medio de genes como el CRTC3 que retardan la quema de grasa. Personas con estos ‘genes ahorrativos’ tuvieron ventaja para sobrevivir largos períodos sin alimento.” El especial cuidado de la naturaleza a sus hembras provee de mayores depósitos a las mujeres.

Pero la globalización hace que tengamos trigo de Argentina cuando aquí está helando y mandemos maíz a Canadá cuando allá está helando. El tomate se pone barato o caro, según, pero hay.

La idea, dicen los autores, fue propuesta en los años 60, mucho antes de que algún genoma fuera secuenciado. Esos genes que nos salvaron de morir de hambre cuando éramos cazadores-recolectores y ningún helicóptero llegaba arrojando costales de alimento, ahora hacen depósitos de grasa para años de vacas flacas… que no llegan. Y engordamos.

Los depósitos de grasa los formamos sobre todo en el llamado tejido adiposo blanco, que se forma alrededor de la cintura, caderas y muslos con el fin de guardar reservas que nunca serán pedidas. Las pruebas genéticas realizadas en California con personas de origen mexicano reveló cómo una mutación activa del gen CRTC3 mostraban una mayor incidencia de obesidad. “No todos los mexico-americanos con esa variante desarrollaron obesidad, pero quienes la tenían mostraron un mayor riesgo”.

“El estudio ilustra un importante principio (yo diría obviedad): que lo genéticamente ventajoso en una cultura o contexto histórico puede no serlo en otro contexto”. Todos hemos visto personas sufrir con dietas y seguir gordas y a flacos que comen de todo: yo soy uno de esos felices que jamás piensan en las calorías de una hamburguesa con papas.

Por otra parte, no toda grasa es perjudicial y conduce a diabetes o enfermedades cardiovasculares. La llamada “grasa café” es muy diferente, hace notar Youngsup Song: “El tejido de grasa café quema grasa acumulada en el tejido de grasa blanca para generar calor y mantener la temperatura corporal”. Ese rasgo, ahora tan deseable, nos pondría en serias dificultades en la edad de piedra.

Hum… quizá por allí venga la explicación de cómo tenemos el segundo lugar mundial en gordos.